Sancho contra la Guerra Económica

Posted on diciembre 11, 2015

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Ilustración por Daniel Velasco

Por Homer,

El triunfo de la Mesa de Unidad Democrática en las elecciones parlamentarias con una mayoría calificada es una victoria contundente para la oposición en Venezuela. Por supuesto, todavía falta mucho para saber en qué va a deparar esa mayoría y cuál será el rol de la AN frente al ejecutivo nacional. No obstante, creo que la mayoría de los venezolanos sentimos una profunda alegría de saber que podemos rescatar las instituciones democráticas que hemos ido perdiendo. Esa alegría nos devuelve a momentos claves de nuestra vida, nos trae recuerdos y nostalgia.
Personalmente, el triunfo me llevó a mis primeras clases de economía en la UCAB. Recordé el gran choque que sentí entre lo que se me enseñaba y la política económica que ha seguido nuestro país en los últimos 16 años. El Presidente Maduro admitió su derrota contra la guerra económica. Sin embargo, hubiera sido un uso más adecuado del lenguaje decir que perdió contra siglos de avances de la economía como ciencia.

Si vamos al elemento más básico de la política económica revolucionaria podemos ver la obsesión por el control de precios. En el modelo clásico de oferta y demanda podemos ver que, para alcanzar un equilibrio, la oferta debe igualar a la demanda. Siempre que forzamos que el precio se encuentre por debajo del precio de equilibrio los oferentes no tendrán incentivos a satisfacer la demanda y, por ende, quedarán consumidores que no podrán conseguir estos productos.

En la época de Chávez hubo escasez, pero se tradujo en una escasez de calidad más que de cantidad. Nos acostumbramos a consumir la leche, el café, el atún, la harina, el papel higiénico que consiguiésemos. Si bien Chávez enfrentó episodios de escasez importantes, pudo minimizarlos a través de una política ineficiente de subsidios a las importaciones y establecimiento de empresas estatales. Esto era posible por los altos precios del petróleo, pero generó un sistema paradójico e insostenible. Eventualmente Chávez o su sucesor iban a pagar el precio.

La paradoja está relacionada con un fenómeno documentado en la literatura económica como Enfermedad Holandesa. Una versión simple: entra mucho dinero a Venezuela y el gobierno decide gastarlo. Recordemos que, el gobierno venezolano, en la época de Chávez decidió eliminar de facto los fondos de estabilización macroeconómica. Por lo que el gasto se volvió un trámite discrecional. Se gasta más, pero sigue existiendo una cantidad limitada de factores de producción. Para la sociedad se vuelve más fácil producir los bienes locales (casas y otros activos fijos) e importar todo lo demás (excepto petróleo, por supuesto). Por esta razón, aumenta la dependencia a un solo rubro y, como efecto secundario del modelo, ocurre la destrucción del aparato productivo. Mantener un tipo de cambio muy bajo exacerba el problema porque hace aún más rentable importar. No obstante, esto no parecía ser suficiente para el chavismo.

La revolución activamente decidió atacar a la empresa y a la propiedad privada. La política de primer orden fue la expropiación de empresas privadas y su sustitución por empresas públicas no sujetas a incentivos de mercado. La evidencia sugiere que esta política ha sido quizás el fracaso más importante de la revolución. Además, el gobierno, informal y formalmente, aumentó las barreras de entrada a muchas industrias. Eliminó la competencia como mecanismo de reducción de precios y de mejoras en la producción a nivel nacional. Por otro lado, también eliminó la convertibilidad legal de bolívares en dólares, lo que ha sido un golpe durísimo para la inversión internacional directa en Venezuela. Las empresas extranjeras que invirtieron en Venezuela, si se quedaron, simplemente mantuvieron operaciones básicas.

Las últimas piezas del rompecabezas chavista son las políticas cambiaria, monetaria y fiscal en Venezuela. Chávez, con un plan quijotezco, se empeñó en el control de dos variables al mismo tiempo: precios del dólar y cantidades otorgadas. La teoría económica te dice que una política de este tipo no es sostenible. Si mantienes una asignación de dólares baja habrá presiones para el aumento del tipo de cambio. Si quieres mantener un tipo de cambio tienes que estar dispuesto a asignar suficiente para cortar estas presiones. No se hizo ni lo uno ni lo otro. Más aún, se fue complicando la regulación. Se generaron más tipos de cambio en una política económica totalmente absurda. Violando una ley fundamental en economía: la ley de un solo precio. Es absurdo que un dólar tenga más de un precio porque es perfectamente fungible: puedes comprar un dólar barato y venderlo caro (similar a lo que ocurre en el mercado de bienes). La regulación durante el gobierno de Maduro se ha vuelto cada vez más insostenible, pero el gobierno se niega a aceptar una devaluación de la moneda.

La política fiscal ha tenido un carácter discrecional. El poder del gobierno en la economía fue aumentado durante los 16 años de la Revolución Bolivariana. Nos hemos acostumbrado a tener déficits fiscales que financiamos a través de deuda o por la vía monetaria. El objetivo de mantenimiento de precios de BCV se perdió desde la transferencia directa del “millardito” a Chávez. Desde ese momento volvió una práctica común del gobierno financiar sus déficits imprimiendo papel moneda. Por ende, los venezolanos, hemos pagado el precio a través de impuestos inflacionarios y los jóvenes hemos sido condenados a tener que llevar a cabo en el futuro los ajustes fiscales correspondientes (la Equivalencia Ricardiana nos dice, bajo ciertas condiciones, que el financiamiento vía deuda tiene que ser pagado en el futuro usando la política fiscal).

Como economista, ver a Maduro decir “perdimos contra la guerra económica” es como ver a un Sancho Panza disminuido, en una lucha contra molinos de viento, pero sin su mentor. Lo más increíble para mi fue su cara de sorpresa. Muchos de mis profesores sabían el destino de la política económica revolucionaria desde que pisé la universidad hace 11 años. Para nosotros como gremio es ver a alguien saltando al vacío y luego quejarse de la gravedad. Al menos es bueno que Sancho nos recuerde que la gravedad no perdona.

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